Último capítulo
(embargado hasta que se convierta en algo
actual)
La vida no era como yo creía. Me había dado cuenta de que todo
lo que oía y veía no eran sino símbolos incomprensibles y oscuros; que la realidad era
un río subterráneo que corría escondido, zigzagueante, socavador, por debajo de la
expresión, de lo material, y a través de las conciencias.
No supe contener la tentación de bañarme en esas aguas, de
seguir su curso en busca de lo desconocido. Y así lo hice. Si uno sabe esperar con
paciencia encontrará el lugar donde ese río aflora; el momento donde los hechos de los
hombres se resquebrajan y brota entre la tierra seca el hilo de agua de sus pensamientos.
En ese momento comenzamos a conocer al otro.
Yo me metí en esas aguas profundas y subterráneas y seguí sus
cursos y comprobé que eran frías, contaminadas, torrentosas. Y me costó salir de ellas.
Busqué entonces una llanura verde, donde un río corriera al aire
libre sobre las piedras blancas. Quise que el Sol calentara mis miembros ateridos y me
senté a la orilla de ese río.
Durante años lo vi pasar ante mí. Lo amaba como se ama la vida,
como se ama lo puro y lo bello; como se ama lo verdadero, legítimo, auténtico, lo simple
y natural. Y sufría porque mi destino era verlo pasar y yo habría querido que la
corriente me llevara siempre en su cauce, de piedras blancas y agua cristalina.
Pero me consolaba, al fin, pensando en los ríos turbulentos y en
la suerte de estar bajo el Sol a la orilla de mi río claro, y de poder, de vez en cuando,
beber un trago corto y refrescante: la vida misma, que se me iba, sin embargo, poco a
poco, cauce abajo.
Tuve que volver a hundirme en aquellas aguas escondidas. Debí
alejarme de las piedras blancas, de la superficie transparente. Cuando uno siente que su
fin se acerca, no puede permanecer al Sol, aunque quiera. Debe sentir el frío penetrante
en sus huesos gastados y evitar una nota de dolor al cálido paisaje matinal.
Antes de irme miré bien el río y retuve en mi corazón aquella
sensación frente al Sol, el pasto verde, las piedras claras y el agua que se iba,
incontenible. Y me fui yo también.
Siempre pensé que perecería hundido en el lodo. Debí luchar
contra la corriente, defenderme de las feroces alimañas que se escondían entre el musgo
de sus cauces y no tragar una gota para no infectarme con su pestilencia. Y no había Sol
para calentarme, ni piedras blancas.
Yo vi cómo las aguas subterráneas corrían a mezclarse con las
de mi río. Y lo lograban. Pero siempre el torrente cristalino proseguía arrollador,
aunque algunas de sus gotas se perdieran, como mis lágrimas, rodando en las riberas
yermas.
En mí no es ya más que un recuerdo aquel paisaje. Pero un
recuerdo milagroso que, al evocarlo, restaña las heridas y quita el sabor amargo de la
boca.
Me queda, sin embargo, una cicatriz abierta. Pero esa cicatriz es
también de los que estuvieron siempre en las cavernas. Es la cicatriz abierta de toda la
humanidad que clama por detener el curso de su propio río, mientras una fuerza misteriosa
lo empuja siempre hacia el fin, hacia lo desconocido.
Siento ahora aquel arrullo lejano y cierro los ojos para volver a
vivir. Tal vez no los abra más. No importa. Las aguas se detienen. La imaginación es
prodigiosa y consoladora. Una superficie quieta no puede ser cristalina ni tener el fondo
de piedras blancas. Pero ahora conviene así, por un momento.
Un instante milagroso, nada más. El final.
©
Sol Tové
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