INICIO | LIBRO DE VISITAS | ENCUESTA | CONTACTO

Página modificada el 28/05/2008

Último capítulo
(embargado hasta que se convierta en algo actual)

La vida no era como yo creía. Me había dado cuenta de que todo lo que oía y veía no eran sino símbolos incomprensibles y oscuros; que la realidad era un río subterráneo que corría escondido, zigzagueante, socavador, por debajo de la expresión, de lo material, y a través de las conciencias.

No supe contener la tentación de bañarme en esas aguas, de seguir su curso en busca de lo desconocido. Y así lo hice. Si uno sabe esperar con paciencia encontrará el lugar donde ese río aflora; el momento donde los hechos de los hombres se resquebrajan y brota entre la tierra seca el hilo de agua de sus pensamientos. En ese momento comenzamos a conocer al otro.

Yo me metí en esas aguas profundas y subterráneas y seguí sus cursos y comprobé que eran frías, contaminadas, torrentosas. Y me costó salir de ellas.

Busqué entonces una llanura verde, donde un río corriera al aire libre sobre las piedras blancas. Quise que el Sol calentara mis miembros ateridos y me senté a la orilla de ese río.

Durante años lo vi pasar ante mí. Lo amaba como se ama la vida, como se ama lo puro y lo bello; como se ama lo verdadero, legítimo, auténtico, lo simple y natural. Y sufría porque mi destino era verlo pasar y yo habría querido que la corriente me llevara siempre en su cauce, de piedras blancas y agua cristalina.

Pero me consolaba, al fin, pensando en los ríos turbulentos y en la suerte de estar bajo el Sol a la orilla de mi río claro, y de poder, de vez en cuando, beber un trago corto y refrescante: la vida misma, que se me iba, sin embargo, poco a poco, cauce abajo.

Tuve que volver a hundirme en aquellas aguas escondidas. Debí alejarme de las piedras blancas, de la superficie transparente. Cuando uno siente que su fin se acerca, no puede permanecer al Sol, aunque quiera. Debe sentir el frío penetrante en sus huesos gastados y evitar una nota de dolor al cálido paisaje matinal.

Antes de irme miré bien el río y retuve en mi corazón aquella sensación frente al Sol, el pasto verde, las piedras claras y el agua que se iba, incontenible. Y me fui yo también.

Siempre pensé que perecería hundido en el lodo. Debí luchar contra la corriente, defenderme de las feroces alimañas que se escondían entre el musgo de sus cauces y no tragar una gota para no infectarme con su pestilencia. Y no había Sol para calentarme, ni piedras blancas.

Yo vi cómo las aguas subterráneas corrían a mezclarse con las de mi río. Y lo lograban. Pero siempre el torrente cristalino proseguía arrollador, aunque algunas de sus gotas se perdieran, como mis lágrimas, rodando en las riberas yermas.

En mí no es ya más que un recuerdo aquel paisaje. Pero un recuerdo milagroso que, al evocarlo, restaña las heridas y quita el sabor amargo de la boca.

Me queda, sin embargo, una cicatriz abierta. Pero esa cicatriz es también de los que estuvieron siempre en las cavernas. Es la cicatriz abierta de toda la humanidad que clama por detener el curso de su propio río, mientras una fuerza misteriosa lo empuja siempre hacia el fin, hacia lo desconocido.

Siento ahora aquel arrullo lejano y cierro los ojos para volver a vivir. Tal vez no los abra más. No importa. Las aguas se detienen. La imaginación es prodigiosa y consoladora. Una superficie quieta no puede ser cristalina ni tener el fondo de piedras blancas. Pero ahora conviene así, por un momento.

Un instante milagroso, nada más. El final.

© Sol Tové

Ir al tope de la página

Está prohibida la reproducción de los textos sin autorización del autor

______________________________________

Página de inicio © Leyendas verdaderas - Derechos reservados  Escribí lo que pensás
______________________________________