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Página modificada el 28/05/2008

Todo está dicho, pero
las cosas, cada vez que
son sinceras, son nuevas


Me dirijo a los docentes de la escuela primaria, todavía en mi carácter de director. Este es mi postrer mensaje, la última palabra que quisiera oír resonando para siempre en el corazón de cada uno de ellos, como un modo de permanecer yo mismo en este ámbito al que tanto amé; como un recurso para sentirme presente cada vez que un niño sonría frente a la escuela; como un humilde y sincero testamento profesional ?antología de tropiezos y fracasos? que resume muchos años de difícil pero apasionante aprendizaje ahora y siempre inconcluso; como un estímulo que ayude a recorrer el arduo y siempre enigmático camino que conduce al alma de cada niño para rescatar en ella, con el regocijo que proporciona la obra creadora, el sentido de vivir.

Queridos maestros: no hay un solo niño que no busque, desee y necesite el afecto del maestro. Esta lección se lee en todos los libros especializados; pero para aprenderla, hace falta poder ver todas las cosas desde una perspectiva más elevada, enmarcadas en un trasfondo espiritual tan luminoso que suele enceguecer y dejar escépticos a los egoístas y a los mediocres, pero no a los maestros.

No se dejen engañar por la apariencia del niño indolente, del despreocupado, del duro, del frío, del independiente, del indisciplinado incorregible. Cuando llegue la ocasión, no cedan a la tentación de convertirlo apresurada y automáticamente en culpable, sin la certeza de que no se ahoga en su actitud el último y desesperado grito de auxilio que clama por un lugar donde alcanzar seguridad y afecto. Sin estas defensas, la escuela es para ellos un abismo insondable y oscuro; y para salvarse, se aferran a la indolencia o se encierran en el apocamiento.

Ya mencioné los dos milagros en pos de los cuales el niño corre ilusionado e incansable; he aquí todo el secreto, todo el misterio que encierra ese prodigio de ser reconocido maestro. Así de sencillo y así de intrincado a la vez.

Los niños soportan horas enteras de inexplicables caprichos nuestros, de tediosos procesos enseñanza?aprendizaje, seguimiento o evaluación; se someten a nuestro juicio inapelable y a nuestras órdenes casi sagradas; son capaces de realizar ?a su modo? los mayores esfuerzos para complacernos, con la esperanza de encontrar, de pronto, un gesto de comprensión, una mano que se extiende, un perdón insospechado.

Se levantan temprano; se visten con uniforme; se cortan el pelo; se ponen derechitos uno tras otro; extienden el brazo; hacen silencio; se quedan quietos; asimilan nuestros gritos, nuestro mal humor; hacen cuentas; no corren; no lloran cuando pasamos a su lado sin verlos; no nos retan cuando hacen algo bien una y otra vez sin que lo notemos; nos creen cuando los tildamos de distraídos, incapaces o aviesos; se retiran en silencio cuando no queremos escucharlos; pasan por alto nuestros olvidos, nuestras incoherencias, nuestra falta de claridad en los conceptos y nuestras reacciones extemporáneas; abandonan diariamente el mundo mágico de su imaginación para sujetarse a nuestro arbitrio distante.

A cambio de todo ello, no anhelan otra cosa que un maestro a quien poder admirar; alguien que sepa extraer de lo cotidiano, de lo tedioso, toda la creatividad, todo el asombro, toda la ilusión. Porque su universo es sólo un puñado de sentimientos; su realidad, un sueño; su certeza, una intuición.

Para encauzar al rebelde hace falta mucha paciencia y serenidad. Jamás recurran al desahogo verbal descontrolado, al reproche permanente y estéril, al castigo sin razonamiento ni explicaciones. Todas estas reacciones son una aceptación tácita de que somos nosotros los que hemos fracasado. Son la prueba evidente.

Ese es el momento de manifestar nuestra firme determinación, nuestra fuerza de voluntad, sin desalentar, sin bloquear el camino de salida, sin herir, sin hacer que el niño desespere de sus fuerzas, sin que crea roto y perdido el lazo que lo une a nosotros.

Cólmenlos de afecto y se lo devolverán a manos llenas.

Demuestren fe en ellos y podrán ser los maestros más exigentes; finalmente, no les fallarán.

Yo pude comprobar que si un niño cree poder, o si alguien que confía en él cree que puede, entonces puede.

Por haber caído en los errores que comento, me entristezco; por haberlos reconocido, me consuelo; por haber tenido un tiempo para enmendarlos, doy gracias a Dios.

Hoy, que se agota esta ocasión invalorable, quiero retener para siempre la visión de los niños que rodean al maestro; quiero seguir oyendo sus voces y sus cantos; quiero conservar, como un testimonio de la vida, el retrato evocativo de un paisaje matinal lleno de sol, del trino de los pájaros y de campanas que tañen con un son de esperanza.

© Sol Tové

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