Hoy soy yo el que
toca para vos
Bien. Estudié piano desde los 5 años hasta los 17. Tenía pasta
de concertista. Sí. Te lo digo yo. Cuando me recibí de maestro tenía esa edad. Acababa
de dar mi último examen de piano y quise ser organista. Pero era demasiado cara esa
carrera. NO PODÍA SER. Así que el órgano quedó postergado y el concertista también.
Pero seguí practicando lo que sabía. Siempre tuve piano en casa.
Con el tiempo, pude darme el gusto de tener también el órgano. Toqué en varias iglesias
importantes. En una de ellas, fue mía la misa de 10 de todos los domingos durante un año
y medio. Hasta llegué a darme el gusto de improvisar en el momento de la consagración.
¡En serio!
En ese tiempo leía la vida de Johan Sebastian Bach y... ¡bahh!,
¡mirá qué sueños tan lindos! Ahora leo a Richard Bach y sé que no me había
equivocado cuando descubrí por mi propia cuenta que los sueños no son ni más ni menos
verdaderos que lo que llamamos realidad.
Y algo para mí inaudito: toqué en el órgano de la iglesia de la
Compañía de Jesús, en la ciudad de Córdoba. Es una iglesia construida en la época de
las misiones jesuíticas. Está en la esquina de las calles Obispo Trejo y Sanabria, en
pleno centro de la capital cordobesa, a una cuadra de la Universidad de Montserrat.
Dije inaudito, porque yo conocía esa iglesia desde cuando tenía
siete años. En aquella época vivimos en Córdoba cinco meses por el trabajo de mi papá
y yo iba allí con mi hermano mayor (por entonces éramos tres).
Como ya me encantaba la música y el órgano, me colaba al coro y
me hice amigo del organista de allí. A mí me fascinaba verlo tocar usando sus manos y
sus pies. Me parecía irreal (quiero decir, ajeno a la realidad común de todos los
días). Era como subirse al cielo envuelto en esa música que me transportaba. Me
resultaba imponente. Y yo pensaba: ¡Cómo me gustaría ser él!
Y treinta años después, volví a Córdoba y le conté esto a un
cura que estaba allí. Entonces me dijo: "Ahora la iglesia está cerrada, ¿le
gustaría sacarse el gusto de tocar en el órgano?" (¡desgraciado!, ¿y si la
iglesia estuviera abierta qué?).
Cerré los ojos y mis manos interpretaron solas el estudio
"Tristeza" de Chopin en un órgano que tiene más de cien años y que me había
conmovido cuando yo tenía siete. El mismo que miraba desde casi la altura de las
pedaleras. El mismo con el que soñé despierto tantas noches, pensando y pensando que el
organista era yo.
Toqué ese estudio de Chopin en un ritmo muy lento y suave, como
si fuera para la consagración, o para que no terminara nunca. Pensaba en el organista,
aquel que, sin saberlo, fue mi amigo de los 7 años y le decía, mientras la música me
transportaba: "No sé adónde te has ido, viejo truhán, pero hoy soy yo el que toca
para vos. Espero que me oigas".
Algo especial pasó en aquella iglesia aquel día. Estoy oyendo
aquel sonido.
©
Sol Tové
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