¡Si los relojes no marcaran las horas!
Yo también soy tímido y siempre lo fui, a pesar de que, a esta altura,
ya casi nadie lo note. La procesión va por dentro, ¿no?
Cuando tenía diez años ya amaba escribir. Pero cada vez que me
sentaba a escribir una carta, jamás podía pasar de la quinta línea y lo peor era que me
daban ganas de romper la hoja y hasta el lápiz, de lo mal que estaban. Hasta que
descubrí que, sólo cuando volcás en el papel pedacitos de tu propia vida, es posible
que valga la pena que te lean. Y todo eso que a vos puede parecerte poco o nada en el
momento de imaginar un escrito, es justamente lo que vale.
Cada carta, cada página, es un ejercicio que te ayuda a vencer la
timidez, a abrir tu corazón al mundo de la expresión escrita, que no es otra cosa que
transmitir vida en porciones sintácticas. Hoy, si los relojes no marcaran horas,
obligaciones, actividades, seguro que puedo seguir escribiendo hasta la carilla número
mil. ¡Y ojalá que no te aburra!
Yo también abrigaba desde chico el sueño de escribir un libro. Y
también cometí el error de pensar que no sería capaz. Es como si uno mismo inventara
fantasmas que se comen nuestras propias posibilidades.
Un día borré esa frase de mi mente. La desterré para siempre
del diccionario de mis propios sueños.
Hoy, además de escribir todos los días en el diario (¡y para
publicar en el día!) tengo tres libros terminados. Uno de ellos editado. No sé,
todavía, si los otros llegarán al escaparate de alguna librería. Pero no importa eso.
Los libros están escritos. Mis seres más queridos podrán leerlos igual. Y tengo fe en
que algún día estarán editados. ¿Y qué pasó? Que me di cuenta de que yo era mi peor
enemigo. ¡Mi único enemigo!
Te cuento un secreto más sobre mis libros: ¿sabés cómo se fue
haciendo uno de ellos? Casi se hizo solito. Se llama "Cartas por la Vida". Y
está compuesto, ni más ni menos, por cartas. Cada carta es un capítulo y cada capítulo
es un tema que alguna vez fue una carta para cualquiera, para nadie, para mí mismo. No
importa. Quise escribir muchas cartas. Tal vez sea una especie de revancha por aquellos
años en que lloraba sobre el papel sin poder hilvanar una frase más.
Recuerdo que a mis doce años yo estaba lejos de mis padres y por
más que sentía tener millones de cosas para decirles, ese pésimo fantasma del "no
podré" me cerraba la mente y conseguía que mis cartas fueran una verdadera
calamidad.
A los 18 ya había comenzado a superar a los fantasmas que uno
mismo imagina para echarles la culpa de algún fracaso. Me recibí de maestro y antes
gané mi primer concurso de poesía. ¡Bahh! En realidad gané dos. Te cuento otro
secreto:
Era un concurso de poesía para el Día de la Madre. Y yo había escrito dos. Yo presenté
una, la que más me gustaba; y la otra se la regalé a un amigo que no había hecho nada
(cosas de chicos). La mía ganó el primer premio y la otra mía ganó el segundo.
¡¡Jeeeeeee!! Si tenés ganas, en la próxima carta te la regalo.
Está en "Cartas por la Vida", porque se la regalé a mi mamá, en una carta.
Hoy, que mis papás ya no están en este mundo, siento mucho
regocijo cuando leo las cartas que, al fin, pude escribirles. Y las que ellos me
escribían a mí.
©
Sol Tové
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