| Un
pedicuro catalán en Buenos Aires Cierto
día, salíamos del diario a bastante avanzadas horas de la madrugada, cuando Carlos
Lionel Oros Solans, mi entrañable amigo (aunque me llevaba, en edad, una ventaja de 20
años), me dice:
-- Che, vos vivís en Llavallol, y yo en Paso del Rey.
-- Sí, ¿y qué?
-- ¿Cómo y qué? Que de acá a llegar a nuestras casas todavía
nos falta un viaje fenomenal.
-- ¡Mirá qué novedad!
-- ¿Pero qué hacen dos amigos antes de emprender un largo viaje?
-- ¡Qué sé yo! ¡Se despiden!
-- ¡Muy bueno lo suyo! ¡Se despiden! ¡Ahora mismo vamos a ir a
despedirnos como Dios manda a ese boliche de enfrente!
Y sin darme tiempo a recordarle que eran las dos de la matina, y
que yo tenía que levantarme a las 7 o'clock para acudir a uno de mis dos laburos de
entonces, me agarró de un brazo (vieja costumbre suya cuando estaba por sobrevenirle
algún ataque de hilaridad), me hizo cruzar la calle y entramos en un lugar parecido a lo
que ahora llaman "pub", o más o menos.
En el mismísimo momento de cruzar la puerta de entrada, dijo
sólo estas palabras, por entonces, para mí, ininteligibles.
-- No vayas a olvidar que, a partir de ahora, sos mi hijo.
Y agregó dos palabras más que, al recordarlas, me enternecen, me
hacen pensar que, aunque realmente lo apreciábamos y lo seguíamos, nunca terminamos de
hacerle saber que lo comprendíamos, o nunca terminamos de comprender el verdadero motivo
de su obsesión hilarante.
Terminó aquella frase encriptada con un "¡Por favor!".
Nos sentamos en una mesa y, a los cinco minutos, ya había
cautivado por completo a la damita que nos atendía.
Es que desde el principio comenzó a hablar como un español
auténtico, con tal gracia y desparpajo, que justificaban el natural e inocente (en este
caso particular) interés de la joven, que comenzó a preguntarle de dónde era, qué
hacía, etc. etc.
¡Listo! Ya había logrado lo que él tenía planificado desde que
habíamos salido del diario. Entonces no se le ocurrió mejor cosa que decirle que era
catalán, sí, oriundo de Cataluña, y que estaba en Buenos Aires en viaje de turismo, y
que era de profesión PEDICURO (juaaaaaaaaaaaaaaa) y que... ¡¡¡¡QUE YO ERA SU HIJO!!!!
Ahí estaba la doble trampa reservada para mí. Trampa, porque me
lo había pedido ¡por favor! y yo no podía fallarle. Y doble, porque, por un lado, yo
tenía que hablar un catalán lo más verosímil posible, y por otro, tenía que tragarme
la risa, que me atacaba segundo a segundo al escuchar los cuentos inimaginables que
improvisaba.
Y llegó el momento en que este viejo y querido truhán decidió
pasar a segundo plano y hacerme lucir a mí. Ujjjjjjjjjjjjj!
Fue cuando ella le preguntó qué lugares de la Argentina ya
habíamos visitado.
Entonces le dice:
-- Ay, hija, mira, nosh han shamarreau tanto eshtosh tipejosh de
losh tour, que io ia ni recuerdo qué hemosh vishto. Mejor tú, hijo (dirigiéndose a mí)
cuéntale a eshta precioshura esho de los lagosh, y aquellas cataratashh....
Y a partir de allí, sacó no uno sino dos pañuelos y estuvo todo
el tiempo disimulando su risa haciendo que se sonaba un resfrío inexistente, mientras yo
parecía un catalán tartamudo, actuando para su enorme, sana, cálida e interminable
diversión.
Al día siguiente fui a dar clase sin haber dormido, pero jamás
podré olvidar aquella noche. ¡Rayos y centellas! Que Dios bendiga a mi amigo Carlos Oros
Solans, dondequiera que esté. Todavía hoy estoy aprendiendo de él.
©
Sol Tové
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