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Página modificada el 28/05/2008

¿Por qué te morís antes de tiempo?

Que me cuelguen si la vida no vale el riesgo de ser vivida. Es como un vaso de cerveza. Te da lástima si no te sorbés hasta la última gota de espuma fresca. Nada tiene que quedar en el vaso -ni en la botella- para que se te acabe la sed, porque mientras haya algo de ese líquido seductor, y especialmente si está bien helado, ¡zas!, hay que seguir. A menos que tenga mal gusto.

Sin embargo, en el caso de la vida, hay muchos que dejan medio vaso desperdiciado, o más. ¡Por las barbas de Moisés y mil zulúes encadenados y hambrientos! ¡Qué idiotez, ceguera y mayúscula insensatez! Te dividen mentalmente el vaso en años y decenas de años. La vida se les parece a una de esas jarras milimetradas que se usan en la cocina para hacer una receta de Doña Petrona. "Dos partes de leche, una de agua, una cucharadita de ron, poner al fuego sólo cinco minutos...".

¡Por los anillos de Júpiter! ¡Al demonio con las medidas del tiempo! O tenés cerveza en el vaso... o se te acabó. Y si ya te tomaste todo quiere decir que tenés que estar un metro por debajo de la corteza terrestre viendo cómo los gusanos se comen las raíces de las hierbas (si es que algo se puede ver ahí abajo, porque todavía queda cerveza en mi vaso, así que esa parte de la historia no la sé).

Es que tu propio subconsciente, o el subconsciente colectivo, o ambos a la vez, como si estuvieran de común acuerdo, hacen de "doña petrona", así, con minúsculas, a propósito, para subrayar su enorme y desproporcionada insignificancia, una siniestra receta porque, en lugar de dejarla sólo para la cocina, la aplican a la vida.

Quiero decir que desde que se te hace el milagro de nacer, comienzan a programarte con la idea de que "sos un día más viejo", "sos un año mayor"; luego, "ya no tenés edad para hacerte encima", "ya no tenés edad para tomar la leche con bombilla"; más tarde, "ya no tenés edad para comer banana pisada con azúcar", "ya no tenés edad para quedarte mirando la luna", "ya no tenés edad para andar cambiando de ideas", "ya no tenés edad para jugar a pegar almohadonazos"...

De repente, uno aprende y comienza a repetirse a sí mismo: "ya no tengo edad para andar jugando", "ya no tengo edad para reír", "¿y a mi edad voy a hacer eso?", "ya no tengo edad para estudiar", "ya no tengo edad para empezar", "ya no tengo edad para elegir", "ya no tengo edad para soñar... ni para amar... ".

¡Ya no tengo edad...! La inmovilidad devastadora. Si esto no es verdad, que otros mil zulúes salvajes caigan sobre mí y, si les hace falta, que se asocien con algunos antropófagos del África noroccidental. La gente te semblantea un poquito y elabora enseguida conclusiones tan inapelables (para ella) como inconsistentes, falaces, absurdas, necias y deprimentes (para mí). Ya tiene una lista precisa, puntillosa, bien milimetrada, de las cosas que "por tu edad" podés o no podés hacer; sos o no sos capaz de hacer; deberías o no deberías hacer.

¡Mil rayos! Me niego a no tener edad para lo que sea. Que todos mis escritos y también este diario íntimo se vayan a parar al mismísimo infierno si no es cierto que siempre es otro el que sabe si podés o no podés y uno, aletargado mental crónico, se lo cree. Si determinan que aún sos joven, no te dan ni la hora. "No sabés, chiquilín"; "todavía no entendés"; "te falta comer mucha galleta"; "ya aprenderás con el tiempo"; "tenés poca experiencia"; "cuando la vida te haga comprender"; "sos un poco inmaduro"... son las bravuconadas insensatas y torpes más corrientes que suelen escucharse (o percibirse).

Si, en cambio, apenas de un vistazo establecen que sos viejo (¿qué será eso?), mejor comprate acciones en una empresa de sepelios o procurate por cualquier medio una designación de académico. Te servirá de consuelo. Otra salida no te queda. Porque dirán (o pensarán): "Miralo al viejito"; "y ese geronte de qué se las da"; "debería darse cuenta de que no tiene edad para esto"; "ya se le pasó el cuarto de hora"; "está de vuelta"; "¡qué poca seriedad!".

Estás muerto, aunque todavía no te hayan tomado las medidas para el último trajecito de seda. Nadie espera (ni cree que puede esperar) nada de vos. Tenés que quedarte quietito, como si el futuro inexorable ya te hubiera alcanzado; estar siempre formal; sonreír con mesura; reprimirte, privarte, recluirte en el recuerdo exclusivo de lo que ya se te prohíbe; envejecer a la fuerza por falta de antídotos eficaces contra el sentido común. De lo contrario, te recibirás de excéntrico, loco, desubicado, o te otorgarán pergaminos peores.

Finalmente, y en definitiva, creo que hay mucha gente que después de haber escuchado acostadita y con las manos juntas la marcha fúnebre, se va unos años luz hacia arriba (o hacia abajo) para poder darse cuenta de todas las cosas que no hizo, no porque no quiso sino porque no se dio cuenta de que podía hacerlas; o porque no lo dejaron. No supo evitar el error más difícil de evitar. Bien está pensar que el futuro es el tiempo en el que desearás haber hecho lo que no estás haciendo ahora.

Me pronuncio a los gritos por la vida, hasta que mi alegato, acompañado de millones de acciones para las que dicen que todavía -o ya- no tengo edad, se extienda hasta el último confín de la Tierra y llegue a la mismísima atmósfera de Plutón (si es que la tiene).

La edad es apenas para el cuerpo. La vejez, un desatino absurdo. Y la muerte (la muerte en serio) es la única que te cierra las puertas de la vida y ya no te permite hacer cosas. Aunque mueras joven. Sólo ella está autorizada a prohibirte y dejarte inactivo. Nadie, jamás, tiene ni tendrá suficiente autoridad para detenerte el paso mientras estés recorriendo tu camino.

Por lo tanto, hasta el luctuoso instante en que estén ajustando las mariposas de tu propia tapa, intentá todo aquello que te haga sentir, a expensas de nadie, un ser humano; un ser que está vivo; un ser libre; ¡un ser!

¡Si podés!

Y los jóvenes son jóvenes hasta que se mueren, a menos que dejen de creerlo. Ellos deben avanzar, sin otra medida que la de su espíritu. Y los viejos no existen, a menos que ya estén muertos, aunque más no sea en un rincón escondido de su corazón.

¡¡Truenos, rayos y centellas!!

© Sol Tové

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