| ¿Por
qué te morís antes de tiempo? Que me
cuelguen si la vida no vale el riesgo de ser vivida. Es como un vaso de cerveza. Te da
lástima si no te sorbés hasta la última gota de espuma fresca. Nada tiene que quedar en
el vaso -ni en la botella- para que se te acabe la sed, porque mientras haya algo de ese
líquido seductor, y especialmente si está bien helado, ¡zas!, hay que seguir. A menos
que tenga mal gusto.
Sin
embargo, en el caso de la vida, hay muchos que dejan medio vaso desperdiciado, o más.
¡Por las barbas de Moisés y mil zulúes encadenados y hambrientos! ¡Qué idiotez,
ceguera y mayúscula insensatez! Te dividen mentalmente el vaso en años y decenas de
años. La vida se les parece a una de esas jarras milimetradas que se usan en la cocina
para hacer una receta de Doña Petrona. "Dos partes de leche, una de agua, una
cucharadita de ron, poner al fuego sólo cinco minutos...".
¡Por
los anillos de Júpiter! ¡Al demonio con las medidas del tiempo! O tenés cerveza en el
vaso... o se te acabó. Y si ya te tomaste todo quiere decir que tenés que estar un metro
por debajo de la corteza terrestre viendo cómo los gusanos se comen las raíces de las
hierbas (si es que algo se puede ver ahí abajo, porque todavía queda cerveza en mi vaso,
así que esa parte de la historia no la sé).
Es
que tu propio subconsciente, o el subconsciente colectivo, o ambos a la vez, como si
estuvieran de común acuerdo, hacen de "doña petrona", así, con minúsculas, a
propósito, para subrayar su enorme y desproporcionada insignificancia, una siniestra
receta porque, en lugar de dejarla sólo para la cocina, la aplican a la vida.
Quiero
decir que desde que se te hace el milagro de nacer, comienzan a programarte con la idea de
que "sos un día más viejo", "sos un año mayor"; luego, "ya no
tenés edad para hacerte encima", "ya no tenés edad para tomar la leche con
bombilla"; más tarde, "ya no tenés edad para comer banana pisada con
azúcar", "ya no tenés edad para quedarte mirando la luna", "ya no
tenés edad para andar cambiando de ideas", "ya no tenés edad para jugar a
pegar almohadonazos"...
De
repente, uno aprende y comienza a repetirse a sí mismo: "ya no tengo edad para andar
jugando", "ya no tengo edad para reír", "¿y a mi edad voy a hacer
eso?", "ya no tengo edad para estudiar", "ya no tengo edad para
empezar", "ya no tengo edad para elegir", "ya no tengo edad para
soñar... ni para amar... ".
¡Ya
no tengo edad...! La inmovilidad devastadora. Si esto no es verdad, que otros mil zulúes
salvajes caigan sobre mí y, si les hace falta, que se asocien con algunos antropófagos
del África noroccidental. La gente te semblantea un poquito y elabora enseguida
conclusiones tan inapelables (para ella) como inconsistentes, falaces, absurdas, necias y
deprimentes (para mí). Ya tiene una lista precisa, puntillosa, bien milimetrada, de las
cosas que "por tu edad" podés o no podés hacer; sos o no sos capaz de hacer;
deberías o no deberías hacer.
¡Mil
rayos! Me niego a no tener edad para lo que sea. Que todos mis escritos y también este
diario íntimo se vayan a parar al mismísimo infierno si no es cierto que siempre es otro
el que sabe si podés o no podés y uno, aletargado mental crónico, se lo cree. Si
determinan que aún sos joven, no te dan ni la hora. "No sabés, chiquilín";
"todavía no entendés"; "te falta comer mucha galleta"; "ya
aprenderás con el tiempo"; "tenés poca experiencia"; "cuando la vida
te haga comprender"; "sos un poco inmaduro"... son las bravuconadas
insensatas y torpes más corrientes que suelen escucharse (o percibirse).
Si,
en cambio, apenas de un vistazo establecen que sos viejo (¿qué será eso?), mejor
comprate acciones en una empresa de sepelios o procurate por cualquier medio una
designación de académico. Te servirá de consuelo. Otra salida no te queda. Porque
dirán (o pensarán): "Miralo al viejito"; "y ese geronte de qué se las
da"; "debería darse cuenta de que no tiene edad para esto"; "ya se le
pasó el cuarto de hora"; "está de vuelta"; "¡qué poca
seriedad!".
Estás
muerto, aunque todavía no te hayan tomado las medidas para el último trajecito de seda.
Nadie espera (ni cree que puede esperar) nada de vos. Tenés que quedarte quietito, como
si el futuro inexorable ya te hubiera alcanzado; estar siempre formal; sonreír con
mesura; reprimirte, privarte, recluirte en el recuerdo exclusivo de lo que ya se te
prohíbe; envejecer a la fuerza por falta de antídotos eficaces contra el sentido común.
De lo contrario, te recibirás de excéntrico, loco, desubicado, o te otorgarán
pergaminos peores.
Finalmente,
y en definitiva, creo que hay mucha gente que después de haber escuchado acostadita y con
las manos juntas la marcha fúnebre, se va unos años luz hacia arriba (o hacia abajo)
para poder darse cuenta de todas las cosas que no hizo, no porque no quiso sino porque no
se dio cuenta de que podía hacerlas; o porque no lo dejaron. No supo evitar el error más
difícil de evitar. Bien está pensar que el futuro es el tiempo en el que desearás haber
hecho lo que no estás haciendo ahora.
Me
pronuncio a los gritos por la vida, hasta que mi alegato, acompañado de millones de
acciones para las que dicen que todavía -o ya- no tengo edad, se extienda hasta el
último confín de la Tierra y llegue a la mismísima atmósfera de Plutón (si es que la
tiene).
La
edad es apenas para el cuerpo. La vejez, un desatino absurdo. Y la muerte (la muerte en
serio) es la única que te cierra las puertas de la vida y ya no te permite hacer cosas.
Aunque mueras joven. Sólo ella está autorizada a prohibirte y dejarte inactivo. Nadie,
jamás, tiene ni tendrá suficiente autoridad para detenerte el paso mientras estés
recorriendo tu camino.
Por
lo tanto, hasta el luctuoso instante en que estén ajustando las mariposas de tu propia
tapa, intentá todo aquello que te haga sentir, a expensas de nadie, un ser humano; un ser
que está vivo; un ser libre; ¡un ser!
¡Si
podés!
Y los
jóvenes son jóvenes hasta que se mueren, a menos que dejen de creerlo. Ellos deben
avanzar, sin otra medida que la de su espíritu. Y los viejos no existen, a menos que ya
estén muertos, aunque más no sea en un rincón escondido de su corazón.
¡¡Truenos,
rayos y centellas!!
©
Sol Tové
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