Una mueca espantosa
del destino
Mariano nació un día de frío en que los jardines amanecieron blancos y
los pájaros se levantaron muy tarde.
El sol entibiaba la mañana clara y el llanto de un niño sobre las
sábanas blancas devolvía al mundo, una vez más, la ternura perdida y la fe.
Entonces, el destino incontrolable comenzó a desgranar sus días, fríos
como la nieve unos, cálidos otros, con sus momentos de alegrías y penas; días de
esperanza, días de rutina, días de llanto.
Mariano creció con ese sino invisible. Sus ojos eran profundos y
transparentes espejos de un alma pura. Sus pies corrieron los mismos caminos que todos los
niños y sus manos tocaron idénticas cosas. Tenía, como todos, un corazón de niño que
se agranda ante lo desconocido y se hiela ante lo indiferente.
Lo amé con intensidad inigualable. Compartí con él penas y alegrías.
Innumerables veces caminábamos el uno al lado del otro hasta cansarnos. Luego nos
sentábamos en alguna piedra y él aprendía, asombrado, lo que yo quisiera enseñarle.
Yo tiraba un guijarro al agua y charlábamos acerca de los círculos
concéntricos que se agrandan cada vez más, como la vida, como la fama, hasta desaparecer
sin dejar huellas.
En otras ocasiones le mostraba la ciudad desde un punto alto y hablábamos
sobre los hombres y sus caminos. Le inculcaba el gusto por la vida y le enseñaba a
penetrar con el pensamiento todas las cosas y todos los hechos.
Vivimos juntos momentos de insuperable bienestar, aunque no fueran reales;
hasta que el destino señaló el último día de la dicha.
Con inocencia sobrellevaba el dolor inexplicable, sin saber. Sonrió
cuando le llevé un payaso de vivos colores y me prometió conservarlo siempre como
recuerdo. Ese día estaba más feliz que nunca.
Yo no. La garganta se me quebraba. Por un momento presentí que Mariano
había nacido para ser siempre niño. Solamente un símbolo de la pureza y de la
inocencia.
Al día siguiente entré con el mismo entusiasmo que siempre sentía al
llegar, pero quedé paralizado de estupor. Únicamente el payaso estaba sobre la cama, con
una mueca espantosa en la cara y la mirada fija en el techo.
Nunca pude decirle una última palabra. "Hace sólo cinco
minutos", dijo alguien a quien vi muy borrosamente.
Salí enseguida y caminé sin rumbo por las calles llovidas, con el payaso
apretado entre mis brazos; pensando impotente en el destino, con mi espíritu transido de
soledad y de frío, sin comprender.
¿Cómo podría comprender? Desperté sobresaltado. Había estado
soñando con Mariano, el que pudo ser mi segundo hijo pero se volvió mucho antes de
tiempo no sé adónde.
Las piedras mojadas reflejaban mi paso solitario, vacilante, que me
llevaba por la fuerza a cumplir la obligación.
Sólo una pena muy honda, tan eterna como yo pueda serlo, y un
payaso enmudecido me acompañaban.
©
Sol Tové
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