Un vistazo a
la eternidad
Hace poco tiempo, solo y en silencio, me quedé observando
un paisaje arrobador. Había en él la majestad imponente de una montaña y la profundidad
insondable del océano; la fuerza incontenible de las olas, la magia de un firmamento
estrellado y la claridad del mediodía; todo el calor del sol y, al mismo tiempo, la
frescura inefable de una tarde de primavera.
Extasiado, procuré distinguir la separación entre el Cielo y la
Tierra; era el horizonte más tenue que jamás hubiera visto. Lo finito y lo infinito se
fundían y yo estaba allí, formando parte de un paraíso que se me antojó incapaz de
terminarse. Fue la primera sensación, intensa y clara, de que el tiempo y el espacio se
esfumaban como si siempre hubieran sido un absurdo empecinado en amarrarnos a lo que
perece y se acaba.
Hasta entonces, la eternidad significaba para mí un futuro remoto
y desconocido. Una promesa, nada más. Embargado por aquella visión, supe que ya estamos
en ella. Ese día escribí: "La gente feliz que se escapó del tiempo", una
manera de intuir que si Dios es amor y es eterno, el amor es eterno. Y si el hombre ama,
el hombre es eterno.
Frente a mi escritorio florecieron pronto geranios, jazmines y
azaleas. Por primera vez comencé a cuidar un nuevo jardín con mis propias manos. Casi
puedo hablar con esas maravillas y contarles que cada gota de agua que les doy, y cada
rayo de sol, y cada soplo de brisa que reciben, son algo de mí, algo de ellas, un
elemento de ese todo inmortal e indivisible, una pincelada de aquel paisaje evocativo que
trae un nuevo hálito, un recuerdo siempre distinto, pero permanentemente igual, de lo
imperecedero.
Y mis flores me entienden y crecen con más fuerza y se abren
nuevos ramilletes que me alegran cada día. Todas se asemejan en algo a aquel paisaje
siempre presente. Mirándolas, aun tras las rejas de una realidad ordinaria, inevitable,
veo otra vez aquel puente difuso entre nosotros mismos y el más allá: una ventana a la
eternidad.
¿Me preguntás qué es lo sagrado? Andamos por el mundo caminando
a ciegas como si viéramos; contando los minutos como si existieran; buscando sin saber
qué queremos encontrar; midiendo las distancias como si en realidad nos separaran;
apurándonos como si hubiera que llegar pronto al futuro; esperando como si todo no
estuviera ya con nosotros.
De pronto, la inmensidad del mar, un viento refrescante, unos ojos
que nos miran, la luz que encandila, una ola que se vuelca sobre nuestra playa, el cielo
estrellado, un gesto que conmueve, una flor detrás de la ventana, una melodía nueva, un
océano de vida, una intuición cierta, una mano que acompaña, un horizonte difuso en el
paisaje, algo nos dice que Dios está con nosotros.
Eso es lo sagrado: cualquier símbolo de nuestra propia
inmortalidad.
©
Sol Tové
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