Yo
quisiera decirte, hijito mío,
lo que siento... y me callo.
Es que la voz del corazón no tiene
sonidos que escuchamos.
Habla dentro del alma
y se vierte furtiva
por cauces silenciosos
cada vez que nos miramos.
Lamentables las horas que pasan
sin estar a tu lado;
sin reír con tu risa;
sin poder abrazarte
y sentir en mi pecho
el latir acelerado
de tu corazón de niño
estremecido que lleva
en su sangre la sangre
que yo mismo te he dado.
Porque sólo en el tiempo
vital de tu presencia,
cuando estamos haciendo
una cosa cualquiera,
el lenguaje sublime
se convierte en un salmo.
No pretendas las palabras imposibles.
Tú percibe, nada más, cuánto te amo.