| El
desastre o la gloria Siempre pensé que no es tan grave que hoy
hagas una cagada, siempre que
estés dispuesto a revisar las cosas, ver la cagada y correr a limpiar.
Creo más en ese avance lento, paulatino, hacia lo mejor, montado
en los goznes brillantes de una mentalidad abierta al desafío de los cambios; y no creo
tanto en ese fogonazo que deslumbra hoy pero encandila también al autor de tal manera que
ya no pensará, siquiera, en la mera posibilidad de avanzar.
Él cree que ha llegado y, por lo tanto, está más lejos que
nunca de la meta.
No me creo ni con mucho en el primer puesto de lucidez ni tampoco
en el pináculo de los mejor dotados. Pero pude cultivar esa pequeña "fortuna
múltiple" (porque sirve para todo) de saber que no sé, de saber qué es lo poco que
sé, de saber que puedo mejorar, de no sentir jamás el orgullo herido frente a la
necesidad de corregir rumbos.
Antes bien, siempre creí que corregir rumbos era, como para el
marino, una constante harto positiva. Ya lo dijo no sé quién, pero me encanta: "En
esta vida, lo único invariable y seguro serán los cambios". En el cambio está la
posibilidad, el riesgo, la aventura, el juego de probar a ser mejor.
Y otra de las pequeñas fortunas que también puse a plazo fijo y
me dio buenos dividendos fue ésa de la que hablamos tantas veces: amar lo que hago aquí
y ahora, por sobre todo lo que hice y lo que haré.
Amarlo a pesar de lo que reciba a cambio, a pesar de quien esté a
mi lado en la tarea y a pesar del rostro de la persona para quien lo esté haciendo. Y
hasta puedo amar más a quien me acompañe, si juntos amamos lo que hacemos.
Por sobre todas las cosas, lo que estoy haciendo aquí, ahora, es
total y absolutamente mío. Es un acto de vida y como tal quiero vivirlo.
Cagada tras cagada, mi vida será mejor en tanto sea mejor cada
una de las cosas que hago: escribir, diseñar, programar, sacar fotos, hacer deporte,
amar... y si me negara el riesgo y la oportunidad de "reverme", de
"corregirme" o de felicitarme y aun así seguir pensando que la próxima puede
ser mejor, sería socio vitalicio del club que forma esa parva de necios a quienes les
causa náuseas la sola idea de que se deslice una tímida y micronésima crítica sobre su
labor.
Como también tendría el mismo carnet si por miedo al error, por
no asumir el riesgo de equivocarme, por el famoso "qué dirán" o por lo que
fuere, me privara del verdadero "lujo" que sólo ha sido puesto al alcance de
los humanos: el lujo de poder cambiar, de poder innovar, de probar a ver qué pasa
acariciando una idea que nace una noche cualquiera como una pequeña llamita encendida en
el trasero de la última neurona semiactiva y, poco a poco, va creciendo a fuerza de
"verla" una y otra vez, hasta convertirse en un hecho.
El desastre o la gloria pueden sobrevenir después, y ninguno de
los dos deberá tener menos fuerza para constituirse, apenas, en la pedana que usaremos
para el siguiente salto.
Ya lo dije.
©
Sol Tové
|