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Página modificada el 28/05/2008

Tal vez la consigna
no sea llegar a puerto alguno

Siempre me quedo sin palabras frente a la vida. Siempre enmudezco cuando en un instante cualquiera, la imponente e infinita sencillez de una aurora me deja ver que el asombro sigue existiendo.

¡Quién pudiera cuantificar el misterio de dos seres que se hablan! El milagro de una comunicación nos supera. Vienen a mi mente palabras ya escritas, pensamientos dichos, sentimientos vividos.

Se dibuja otra vez en mi alma lo que una noche logré atrapar así:

Jamás me negué la certeza de que también el camino hacia las respuestas (aún sin respuestas) me fascina. Sí. Creo que el camino hacia las respuestas es una de las primeras respuestas. Si a esa (a esta) altura me preguntara quién soy YO, me diría que soy una partícula subatómica de no sé qué, navegando a media agua entre el espacio y el infinito, entre el tiempo y la eternidad, cuyo máximo placer es emitir haces de luz hasta lograr que se reflejen en otras partículas y vuelvan hechos una sonrisa.

Me diría también que me causa idéntico placer descubrir cómo, de pronto, entre miles de rayos de luz que me pasan de refilón sin iluminar un horizonte mío, alguna vez uno de esos rayos da justo en la vertical que corresponde y rebota volviendo al lugar de origen pero... una porción de esta partícula que soy yo, se va con él. Más abruptamente, tal vez, resumiendo de golpe y olvidando el diccionario y la acepción terráquea y generalizada de la palabra, diría que lo único que hace verdaderamente la vida, se llamaría AMOR.

Porque... como tantas veces lo hemos expresado de miles de formas, ¿qué es eso que te atrae hacia un ser determinado, o te trae hacia vos a un ser determinado?; ¿qué es lo que te empuja a tu trabajo, a tus berretines, a observar conmovido un gesto de tus hijos? Si empezamos con cruda sinceridad, a separar la paja del trigo, ¿queda en pie algo importante que no pueda ser llamado AMOR? Mi primera respuesta sería, pues, que vivo de AMOR.

¿Dónde lo encuentro? Es tan impredecible como... misterioso.

Voy navegando en una pequeñísima chalupa por un mar inmenso. Las olas se levantan aquí y allá. Unas se desvanecen lejos, otras mueven un poquito el bote. Pero otras vienen inesperadamente y me bañan con su frescura. Yo no las gobierno. No les pido que vengan ni puedo ordenarles que se vayan o que se queden. Remo en una dirección y mantengo el rumbo todo lo mejor que puedo. Pero si mi vida consiste en esta navegación; si estoy en el mar infinito y siempre todo será ir remando en mi vieja chalupa hacia un horizonte que (válgame Jung) enigmáticamente siempre está escapándose, tal vez la consigna no sea llegar a puerto alguno, sino más bien aprender a gozar de la navegación, hacerse amigo de las olas, ayudar a otros navegantes a quienes el bote les ha dado una vuelta de campana, echar una cuerda a quien viene al garete.

Y si algún día, alguien llega a saber de un puerto certeramente ubicado y localizado, nos avisaremos, ¿verdad?

© Sol Tové

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