Tal vez la consigna
no sea llegar a puerto alguno
Siempre me quedo sin palabras frente a la vida. Siempre enmudezco
cuando en un instante cualquiera, la imponente e infinita sencillez de una aurora me deja
ver que el asombro sigue existiendo.
¡Quién pudiera cuantificar el misterio de dos seres que se
hablan! El milagro de una comunicación nos supera. Vienen a mi mente palabras ya
escritas, pensamientos dichos, sentimientos vividos.
Se dibuja otra vez en mi alma lo que una noche logré atrapar
así:
Jamás me negué la certeza de que también el camino hacia las
respuestas (aún sin respuestas) me fascina. Sí. Creo que el camino hacia las respuestas
es una de las primeras respuestas. Si a esa (a esta) altura me preguntara quién soy YO,
me diría que soy una partícula subatómica de no sé qué, navegando a media agua entre
el espacio y el infinito, entre el tiempo y la eternidad, cuyo máximo placer es emitir
haces de luz hasta lograr que se reflejen en otras partículas y vuelvan hechos una
sonrisa.
Me diría también que me causa idéntico placer descubrir cómo,
de pronto, entre miles de rayos de luz que me pasan de refilón sin iluminar un horizonte
mío, alguna vez uno de esos rayos da justo en la vertical que corresponde y rebota
volviendo al lugar de origen pero... una porción de esta partícula que soy yo, se va con
él. Más abruptamente, tal vez, resumiendo de golpe y olvidando el diccionario y la
acepción terráquea y generalizada de la palabra, diría que lo único que hace
verdaderamente la vida, se llamaría AMOR.
Porque... como tantas veces lo hemos expresado de miles de formas,
¿qué es eso que te atrae hacia un ser determinado, o te trae hacia vos a un ser
determinado?; ¿qué es lo que te empuja a tu trabajo, a tus berretines, a observar
conmovido un gesto de tus hijos? Si empezamos con cruda sinceridad, a separar la paja del
trigo, ¿queda en pie algo importante que no pueda ser llamado AMOR? Mi primera respuesta
sería, pues, que vivo de AMOR.
¿Dónde lo encuentro? Es tan impredecible como... misterioso.
Voy navegando en una pequeñísima chalupa por un mar inmenso. Las
olas se levantan aquí y allá. Unas se desvanecen lejos, otras mueven un poquito el bote.
Pero otras vienen inesperadamente y me bañan con su frescura. Yo no las gobierno. No les
pido que vengan ni puedo ordenarles que se vayan o que se queden. Remo en una dirección y
mantengo el rumbo todo lo mejor que puedo. Pero si mi vida consiste en esta navegación;
si estoy en el mar infinito y siempre todo será ir remando en mi vieja chalupa hacia un
horizonte que (válgame Jung) enigmáticamente siempre está escapándose, tal vez la
consigna no sea llegar a puerto alguno, sino más bien aprender a gozar de la navegación,
hacerse amigo de las olas, ayudar a otros navegantes a quienes el bote les ha dado una
vuelta de campana, echar una cuerda a quien viene al garete.
Y si algún día, alguien llega a saber de un puerto certeramente
ubicado y localizado, nos avisaremos, ¿verdad?
©
Sol Tové
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